El rol de una madre no acaba nunca, ni siquiera los años ni la vejez termina con esta labor, se es madre toda la vida desde el momento mismo de la concepción; existe un vínculo que cambia con los años pero que no se agota, la atención y cuidado disminuye a lo largo de la crianza en la medida que los hijos logran autonomía e independencia pero aún así la relación madre e hijo es una de esas cosas que va más allá de la filiación biológica, jurídica y del tiempo.
En el marco social se entiende la importancia que reviste la interrelación y el poderoso soporte emocional que brinda la maternidad, todas las instituciones y entes reconocen, apoyan y respeta esta conexión basada en el amor incondicional. Bueno, casi todos los organismos institucionales del sistema gubernamental democrático lo hacen, comprenden que la maternidad y la familia sientan las bases para una sociedad más humana rica en valores y principios que hacen grande una nación.
En Venezuela tenemos un sistema oprobioso que se entreteje cual vil aparato para sostener, manipular a muchas mujeres y hombres de bien, donde sin duda muchas madres han vivido una tragedia, digna de repudiar por las contante violaciones a sus DDHH. Muchas familias fueron condenadas a prisión por pensar distintos o peor aún condenados y sacrificados a muerte por presentar un fenotipo distinto al mestizo venezolano. Encarcelado sin pruebas, sin evidencias, sin derecho a la defensa y sin derecho a ver a la familia, práctica que recuerda al comunismo más crudo y al oscuro nacismo.
En este vaivén de horrores hemos vivido por más de un cuarto de siglo, donde madres perecen aguardando por la liberación de sus hijos pero también donde hay madres y familia que se encuentran con el silencio y desprecio de instituciones de estado que están obligadas a dar respuesta pero se niegan a darlas, por complicidad, por humillar o simplemente aprendieron a operar con indiferencia ante el dolor. Asi llegamos ante circunstancias y hechos que hacen insostenible la mentira y opacidad aflorando la verdad pulsante, dolorosa e inhumana que impacta a una sociedad, a una familia, a una madre: el ocultamiento del encarcelamiento de un ciudadano y lo más grave la omisión de su muerte.
En este punto se puede decir, que se ha perdido el norte y la ignominia no permitirá que se levante lo bravío, sin embargo, se revele la nación y el mundo, como efecto inmediato ante lo atroz surge el apoyo al sentir de una madre y el señalamiento contra un gobierno que ha cometido una de las peores infamias moralmente hablando, uno de los mayores actos políticamente incorrecto y jurídicamente injusto.
Ante tales atrocidades debe buscarse una reparación ya no para muchas madres cuya vida se ha escapado en el camino tortuoso y estéril de la búsqueda por justicia, ya será la justicia que repara la impunidad para una sociedad que amerita sanar y reconstruir un mejor país.
La deuda moral y jurídica no es solo con un sector de la población, la vulneración de derechos humanos se ha proliferado y ha sido reiterada y constante con patrones propio de quienes ostenta el poder y hacen del gobierno un sistema represor y autoritario. Ante el panorama, queda la esperanza, la fe en los organismos internacionales y en el pueblo venezolano que ha manifestado su repudio ante tanto vilipendio.

