El niño, el maestro y la escuela

La historia del magisterio venezolano está profundamente marcada por el compromiso de valientes líderes que, incluso en los momentos más oscuros de nuestra historia contemporánea, alzaron su voz para defender los derechos humanos, laborales y sociales de los maestros, así como el bienestar integral de niñas, niños y jóvenes.

 

Durante la cruel dictadura de Juan Vicente Gómez —considerada por muchos como una de las más implacables—, los educadores se organizaron para sembrar las bases del progreso educativo nacional. Su amor por la enseñanza y su vocación de servicio fueron más fuertes que la represión. Así, en medio de la adversidad, lograron agruparse para promover una educación liberadora y transformadora.

 

Gracias a ese compromiso colectivo, Venezuela avanzó notablemente en materia educativa durante las décadas de 1960, 1970, 1980 y 1990. Era un país de oportunidades, donde la educación pública garantizaba pan, leche y pupitres llenos de futuro. Los docentes, respetados y bien remunerados, se formaban continuamente para responder a los retos científicos y sociales de una nación pujante.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela fue tierra de acogida. Sin distinciones de raza, religión o nacionalidad, abrió los brazos a miles de familias extranjeras. Esa nobleza —esa Venezuela bendita— impulsó el crecimiento y el bienestar de generaciones enteras, tanto de inmigrantes como de hijos e hijas de esta tierra.

 

El niño, el maestro y la escuela: tres pilares de un país que sueña.

 

El acceso a una educación de calidad fue posible gracias a políticas públicas que marcaron un antes y un después: planes de alfabetización masiva, programas de alimentación escolar, becas y tickets estudiantiles, así como una activa participación de madres, padres y representantes en la orientación y acompañamiento del proceso educativo.

 

Esa triada virtuosa —el niño, el maestro y la escuela— fue durante décadas la base de una Venezuela que avanzaba. Hoy, sin embargo, nos encontramos en un punto crítico: condenar a la pobreza al gremio docente es también cerrarle el futuro a toda una generación de estudiantes.

 

Cobra más vigencia que nunca el pensamiento del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, cuando afirmaba que «la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor». Quienes aún creemos en una Venezuela próspera, justa y solidaria, estamos llamados a defender la dignidad del maestro, porque sin educadores, no hay república posible.

Translate »