En Venezuela, el posible aumento de emergencias cardiovasculares entre docentes activos de 35 a 60 años de edad se ha convertido en un motivo de preocupación creciente, aunque permanece envuelto en una marcada falta de datos oficiales. Desde hace años no se publican cifras desagregadas que permitan conocer la incidencia de infartos o accidentes cerebrovasculares (ACV) según la ocupación. Esta ausencia de información dificulta rastrear patrones y obliga a recurrir a fuentes parciales: testimonios, observaciones médicas y reportes de organizaciones sindicales.
A pesar de las limitaciones, distintas voces —médicos, gremios educativos y periodistas locales— coinciden en que, desde 2022, se repite un patrón inquietante: docentes relativamente jóvenes que experimentan emergencias cardiovasculares en sus espacios de trabajo o luego de jornadas extendidas. Las señales no conforman un estudio de salud pública, pero sí dibujan un escenario que exige atención, sobre todo en un sector caracterizado por sobrecarga laboral, deterioro institucional y acceso menguante a servicios de salud.
El perfil actual del docente venezolano reúne condiciones que potencian el riesgo cardiovascular: jornadas extensas, dobles y hasta triples empleos, inseguridad laboral, remuneraciones insuficientes, fatiga crónica y una forma creciente de estrés: el acoso laboral. Maestros y profesores describen presiones, maltrato, humillaciones, amenazas de sanción, suspensiones arbitrarias de salario, asignación desproporcionada de cargas y procesos disciplinarios usados como mecanismo de control. “Lo vemos mucho más desde 2022. El hostigamiento laboral es un detonante de hipertensión sostenida, insomnio, ansiedad y desregulación metabólica; todos factores que, sumados, elevan el riesgo de infarto o ACV”, explica un cardiólogo consultado.
A este contexto se añade otro ingrediente crítico: la pérdida de cobertura de salud. Desde 2018, los docentes del sistema público no cuentan con seguro de Hospitalización, Cirugía y Maternidad (HCM). Paralelamente, el IPASME, institución históricamente encargada de exámenes preventivos, evaluaciones rutinarias y atención primaria, permanece en un deterioro profundo que limita incluso la realización de electrocardiogramas, pruebas de laboratorio básicas o evaluaciones de hipertensión y glicemia que antes se efectuaban con regularidad. La consecuencia es predecible: diagnósticos tardíos, tratamientos incompletos y un número creciente de emergencias que llegan a los hospitales sin control previo de factores modificables.
Un sistema en retroceso y riesgos que se acumulan
El acoso laboral aparece además con más fuerza. Testimonios recientes, describen un clima donde muchos educadores enfrentan presiones constantes, descalificaciones y exigencias desproporcionadas. Esta forma de violencia organizacional —conocida como mobbing— tiene efectos fisiológicos documentados: eleva la presión arterial, altera el sueño, incrementa el cortisol y acelera la aparición de síntomas cardiovasculares en personas bajo estrés crónico. Aunque difícilmente cuantificable, sus efectos se perciben en la salud física y mental de los trabajadores.
Gremios y organizaciones docentes reportan varios episodios de emergencias cardiovasculares durante el año escolar 2024 – 2025. Uno de ellos —difundido en redes sociales por periodistas locales— involucró a una docente de 40 años en Valencia, quien sufrió un ACV durante su jornada laboral y posteriormente un infarto durante su traslado a un centro asistencial. Aunque este caso no representa un patrón nacional, sí detonó una discusión amplia: educadores que narraban experiencias similares, señales de agotamiento extremo y preocupación por la percepción de que los casos van en aumento. En ese intercambio surgieron interpretaciones sin respaldo científico, lo que subraya la necesidad de distinguir entre percepción pública y evidencia médica.
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Un cardiólogo de Caracas consultado para este reportaje comentó que ha observado un aumento de pacientes docentes con hipertensión descontrolada, arritmias y signos de deterioro cardiovascular acelerado por estrés crónico. El especialista aclaró que se trata de observaciones clínicas individuales, no de conclusiones estadísticas.
La falta de investigaciones epidemiológicas sigue siendo un obstáculo central. Sin datos actualizados, es imposible determinar si existe un incremento sostenido o un fenómeno reducido a ciertas regiones. Sin embargo, sindicatos y expertos coinciden en algunas medidas prioritarias: programas de salud ocupacional, chequeos médicos regulares, protocolos claros contra el acoso laboral y fortalecimiento de los seguros de salud. En un contexto donde la docencia demanda resiliencia diaria, la salud del personal no puede continuar siendo un punto ciego institucional.

